Capítulo 105 — Convergencia de destinos
El sol del mediodía bañaba la fachada de piedra de la mansión cuando el estruendo de ruedas, cascos y relinchos anunció la llegada de visitas. No era un solo carruaje, ni un visitante solitario. Era una convergencia.
Desde la ventana del salón de música, Virginia Herbert y Charlotte Peyton observaron la escena con una mezcla de asombro y nerviosismo. Dos carruajes elegantes, cubiertos con el polvo del camino pero indudablemente lujosos, entraron al patio