En el laboratorio iluminado por destellos rojizos de maquinaria anticuada y pantallas chisporroteantes, el rey de los vampiros, Masón, caminaba de un lado a otro.
Mientras sus ojos carmesí centelleaban con furia y satisfacción anticipada. Saboreaba cada momento en el que imaginaba a Ethan doblegarse por la tragedia.
—Pronto, Ethan, saborearás el mismo vacío que llevo en mi alma— murmuraba curvando los labios en una sonrisa cruel. Sin embargo, un golpe telepático atravesó su mente, rompiendo