Apenas cruzaron el límite del territorio, Gregor frenó en seco. Elyria, a su lado, también detuvo el paso, y sus ojos se abrieron de par en par.
La manada entera los esperaba.
No eran unos pocos curiosos o guerreros de patrulla. No. Estaban todos. Viejos, niños, madres, guerreros, y sanadoras. Cientos de ojos clavados en ellos. Cientos de almas reunidas.
Un silencio reverente los envolvía, tan denso que casi se podía tocar. Y en medio de ese silencio… emociones mezcladas flotaban en el aire,