30.

Sybelle abrió los ojos y el mundo ya no era gris sino de un verde tan vibrante que dolía a la vista. El cielo sobre ella era de un azul cristalino, sin una sola nube de tormenta, y el aire olía a jazmín y a tierra mojada por un rocío dulce.

— Vaya, mi pequeña marmota... parece que el libro te ganó la batalla — dijo una voz suave, aterciopelada, que le acarició el alma.

Sybelle parpadeó y vio el rostro de su madre, iluminado por una luz solar que no quemaba sino que abrazaba.

Estaba recostada s
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