30.
Sybelle abrió los ojos y el mundo ya no era gris sino de un verde tan vibrante que dolía a la vista. El cielo sobre ella era de un azul cristalino, sin una sola nube de tormenta, y el aire olía a jazmín y a tierra mojada por un rocío dulce.
— Vaya, mi pequeña marmota... parece que el libro te ganó la batalla — dijo una voz suave, aterciopelada, que le acarició el alma.
Sybelle parpadeó y vio el rostro de su madre, iluminado por una luz solar que no quemaba sino que abrazaba.
Estaba recostada sobre su regazo en medio de un jardín que parecía infinito. Flores de colores imposibles se mecían al ritmo de una brisa que cantaba entre los árboles frutales.
— ¿Mamá? — susurró Sybelle, sintiendo una ligereza en el pecho que no recordaba haber tenido nunca. No había fiebre, no había sangre, no había miedo.
— ¿Quién más sería, tesoro? — su madre rió, una risa que sonaba como campanillas de plata — Te quedaste dormida a mitad del poema. Pero no importa, el sol está en su punto más alto y es el m