29.
El camino hacia el Palacio Ducal era una pesadilla de sombras y colmillos. Mientras cabalgaban bajo la lluvia, el sonido de los cascos de los caballos se mezclaba con el gruñido de las criaturas que acechaban en la espesura. Uno de los caballeros de élite, limpiando la sangre oscura de una bestia de su antebrazo se acercó a Sebastian.
— Mi señor — dijo en un susurro, tratando de mantener el ritmo del galope — ¿por qué no usamos los carruajes mágicos? Con la propulsión de cristales habríamos llegado en la mitad del tiempo y estaríamos a salvo tras los muros.
Sebastian ni siquiera lo miró, sus ojos seguían clavados en la parte trasera del carruaje donde viajaba Bella.
— Porque los carruajes mágicos dejan una estela de energía térmica — respondió con voz gélida — Cualquier mago de la corte del Rey podría rastrearnos desde kilómetros de distancia solo con sentir el rastro del cristal. Necesitamos movernos con la mayor discreción posible si queremos que ella llegue con vida.
Otro de los ca