Él había sido quien, en la vida pasada, llevó a Elena a la muerte.
***
—¿Ya volvieron?
Su voz era plana, sin dejar entrever emoción alguna.
—Víctor, ella es Martha Aguilar.
Mamá me dio un empujón, con una sonrisa forzada dibujada en el rostro.
—Martha, él es Víctor.
Di un paso al frente y apenas incliné la cabeza.
—Hola.
Víctor pasó la página del libro, como si no me hubiera oído. Unos segundos después, dejó escapar un sonido nasal.
—Ejem.
Su mirada se posó en mis zapatos mojados y frunció apenas el ceño.
—Acaban de cambiar la alfombra.
Luego volvió a bajar la vista al libro.
—La primera habitación a la izquierda, en el segundo piso, es la de invitados. Ya está lista.
—Gracias —dije.
Mamá soltó un suspiro de alivio y me llevó de la mano escaleras arriba.
—¿Ves? Víctor es una buena persona.
Bajó la voz al hablar.
—Mientras no lo hagas enojar, puedes quedarte en esta casa.
Entré a la habitación. Era grande, pero estaba vacía.
—Mamá.
La detuve justo cuando iba a salir.
—¿Qué pasa?
—Quiero cambiar de habitación.
La expresión de mamá cambió al instante.
—¿Acabas de llegar y ya te estás poniendo exigente? ¿Qué tiene de malo esta habitación? Está cien veces mejor que el lugar en el que vivías con tu papá, ¿no? No seas malagradecida.
La miré con calma mientras descargaba su enojo.
Solo cuando terminó, dije:
—No es eso. Esta habitación da al norte. Hace demasiado frío. Quiero una que dé al sur, aunque sea más pequeña.
De verdad tenía frío. El tumor cerebral había alterado mi capacidad de regular la temperatura, y sentía que vivía como si estuviera metida en una cámara de hielo. Solo el sol podía hacer que me sintiera un poco mejor.
—¿Frío? Pues prende un calefactor y ya.
Mamá estaba convencida de que yo solo estaba armando un escándalo.
—La habitación que da al sur es el estudio de Víctor, y la otra está llena de cosas viejas.
—Entonces me quedo con esa —dije.
Mamá abrió los ojos de par en par.
—¿Estás enferma o qué? ¿Vas a dejar la mejor para irte a dormir a una habitación llena de cosas viejas? ¿Lo haces a propósito para que Víctor crea que yo te maltrato?
Su voz se volvió estridente.
Me tapé los oídos. Había demasiado ruido. Sentía que las sienes me palpitaban con fuerza.
—Solo tengo frío —repetí.
En ese momento, llamaron dos veces a la puerta.
Víctor llevaba allí quién sabe cuánto tiempo, con un vaso de agua en la mano y el rostro sombrío.
—¿Qué pasa con tanto escándalo?
Mamá cambió de actitud al instante. Hasta la voz le tembló.
—Nada. Es que la niña no entiende; dice que no le gusta la habitación. Yo me encargo de hacerla entrar en razón.
Víctor me miró. Yo también lo miré a los ojos. Tenía el rostro muy pálido y los labios sin color; parecía alguien a punto de morirse.
—¿En cuál quieres quedarte? —me preguntó.
—En la que da al sur.
Señalé hacia el final del pasillo.
—Ahí guardan muebles viejos.
—No importa. Mientras entre el sol, me basta.
Víctor guardó silencio un momento.
—Como quieras. Y no griten en el pasillo.
Después de decir eso, se dio la vuelta y se fue, sin el menor interés por el conflicto entre mi mamá y yo.
Mamá me clavó un dedo en la frente con rabia.
—Sigue con tus caprichos, anda. A ver con qué cara voy a quedar si se enteran de que te puse a vivir en una habitación llena de cosas viejas.
No le respondí. Tomé mi bolsa de viaje y caminé hasta el final del pasillo.
Apenas abrí la puerta, una bocanada de polvo me golpeó de lleno.
Pero en cuanto vi el ventanal de piso a techo, supe que, cuando saliera el sol al día siguiente, ahí dentro haría calor. Con eso me bastaba.
Tendí la cama y metí el álbum de fotos debajo de la almohada.
El informe médico estaba dentro del álbum.
Mientras yo siguiera viva, a nadie se le ocurriría ponerse a hurgar entre mis cosas sin motivo.
Aquella noche dormí profundamente.
En mis sueños no aparecieron cobradores de deudas, solo una oscuridad inmensa e infinita.