Las semanas después de la boda pasaron con la dulzura de una melodía serena. Clara y Mateo parecían habitar un mundo aparte, un refugio construido con rutinas simples, abrazos espontáneos y miradas que hablaban sin necesidad de palabras. El bufete celebraba los buenos resultados del proyecto inaugurado, y Clara, ahora como arquitecta de planta, empezaba a tener un lugar cada vez más sólido en el equipo.
Un viernes por la tarde, al salir de la oficina, Mateo la esperaba apoyado en el auto con un