Ahora sí se va a armar un desmadre digno de redadas. Escapar no es opción, esconderme tampoco porque me encontrarían en menos de una hora y se verá demasiado infantil. Junto con Arlen, salgo del endemoniado laberinto y me encuentro con monteros corriendo de un lado para otro, algunos con armas, pero la mayoría sin nada.
Las detonaciones no tardan en aparecer, suenan tres seguidas, gritos y un pesado candelabro cae del techo; aterriza sobre dos monteros cuya sangre vuela y unas gotas van a caer