Oriana no había podido apartar su mente de la carta desde que la había tocado. El recuerdo la acechaba en cada rincón de su mente: la tinta sobre el papel, sus dedos temblorosos al escribir esas palabras desesperadas y, sobre todo, el destello cruel en los ojos de "Ella" mientras se la arrebataba.
Era imposible negar la conexión. La maldición no había comenzado con su muerte, sino mucho antes. Tal vez, en ese preciso instante en que su advertencia fue silenciada.
Cuando el lunes llegó, Oriana t