El aire vibraba con una intensidad nueva, casi eléctrica. Oriana sentía su cuerpo diferente. Cada fibra de su ser estaba impregnada de poder, una energía que no estaba allí antes. Era como si su alma finalmente hubiera despertado por completo.
El fuego danzaba en la chimenea de la habitación donde Oscar reposaba. Gabriel se mantenía cerca, con los ojos oscuros fijos en ella, como si intentara comprender lo que estaba sucediendo.
—Algo cambió en ti… —murmuró Gabriel, dando un paso hacia ella.
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