Después de acostar a los mellizos y leerles un cuento hasta que se quedaron dormidos abrazados a sus peluches, Margaret volvió a su habitación. El silencio de la noche envolvía la mansión, apenas roto por el sonido lejano del viento moviendo los árboles del jardín.
Se puso su pijama lentamente, todavía con una sonrisa involuntaria cada vez que recordaba las tonterías de Fabiano durante la cena. Luego se sentó frente al tocador y empezó a cepillar su cabello rubio con movimientos lentos, tratand