Aristides
—¡Mi dama del aire, cómo te necesitamos aquí! —clamé en voz alta mientras todo desaparecía frente a mis ojos.
No quería dejarla bajo ningún concepto. Casi la había perdido, y la idea de no volver a verla me consumía. Pero ella había hablado con el rey demasiado cerca, con demasiada confianza, y la resolución de ambos era clara: ella necesitaba cuidados. Yo estaba decidido a no separarme de ella, a quedarme en aquella ciudad desconocida y llena de gente tan diferente a mí. Por las call