Nora
—¡Levántate! ¡No me vas a engañar con que estás débil! Eres una loba desgraciada, pero te he visto pelear y ni por un momento me vas a ver cara de tonta —gruñía Marisa.
Había despertado con un terrible dolor en el pecho y la espalda. La flecha seguía clavada; sabía que si la sacaba podría ser peor, podría desangrarme. Indira no podría curar tal herida, no luego de estar tan débil.
Jamás imaginé que iba a ser Marisa. Sin duda había sabido hacer bien las cosas. Después de los temblores, ell