Agata
Cada ráfaga que levantaba me arrancaba energía de alguna parte más honda que el cuerpo, y aun así no me permití aflojar.
Los lobos enemigos, que hasta hacía unos minutos actuaban con una ferocidad organizada, comenzaron a deshacerse como una jauría enloquecida. Primero vi empujones, forcejeos desesperados… después vi algo peor. Uno de ellos empujó a otro hacia el borde quebrado de la cornisa. El lobo cayó gritando, y el sonido se perdió casi enseguida en el rugido de la lava.
—¡Vamos! ¡Ec