POV: Aurora
El restaurante no tenía nombre en la puerta. Solo un número dorado, pequeño y discreto, grabado en una placa de mármol negro.
Era el tipo de lugar donde no hacías reservaciones; eras invitado. O eras dueño.
Lucian Silvercrest me ofreció su mano para bajar de la limusina. Llevaba guantes de cuero gris, suaves como mantequilla. Dudé un segundo, mirando esa mano extendida como si fuera una trampa para osos.
—No muerdo, Aurora —dijo. Su voz era seda fría—. A menos que me lo pidas.
Ignor