POV: Aurora
No era fiebre. Era un incendio forestal debajo de mi piel.
Empezó dos días después del invernadero. Primero fue un dolor sordo en las articulaciones, como si hubiera caminado cien kilómetros sin descanso. Luego vino el calor.
Ahora, estaba acostada en mi cama, pero sentía que estaba flotando en un mar de lava.
—Tiene treinta y nueve y medio —dijo una voz. Sonaba lejana, distorsionada, como si hablara a través de un túnel submarino.
Abrí los ojos. La luz de la lámpara de techo me apuñaló las retinas. Gemí, llevándome el antebrazo a la cara para bloquear el brillo.
—Apágalo —supliqué. Mi voz sonaba rasposa, ajena.
—Solo es una lámpara pequeña, Aurora —dijo mi madre. Su mano tocó mi frente. Estaba helada. Su piel se sentía rugosa, como papel de lija, aunque sabía que siempre tenía las manos suaves.
—Duele —susurré.
—Lo sé, cariño. El doctor dice que es una gripe muy agresiva.
El doctor.
Me obligué a mirar al hombre que estaba al pie de mi cama. El Dr. Evans. Era el médico pri