POV: Aurora
El silencio después de la guerra suele ser frío. El silencio después de un nacimiento es eléctrico.
Estaba recostada sobre la mesa de madera del búnker, con las piernas temblorosas y el cuerpo envuelto en una manta térmica que Lucian había sacado de la mochila. Me dolía todo. Desde las raíces del pelo hasta las uñas de los pies. Pero era un dolor lejano, ajeno, como si mi cuerpo fuera un traje que acababa de usar para correr una maratón y ahora colgara en el armario.
Lo único real era ella.
Aria.
Kieran la tenía en brazos.
El Lobo Negro, el guerrero que había visto destrozar gargantas con los dientes hace una hora, sostenía el bulto envuelto en la camisa de seda de Lucian como si fuera una bomba de antimateria que pudiera estallar si respiraba demasiado fuerte.
Estaba paralizado.
Sus ojos grises recorrían la cara de la niña, trazando la línea de su nariz minúscula, la curva de su oreja, el arco de sus labios fruncidos.
—Es pesada —susurró Kieran. Su voz estaba llena de aso