El yate abandonó el muelle y comenzó a surcar la superficie del mar, que brillaba como una inmensa lámina de cristal bajo la intensa luz del sol de la mañana.
El suave murmullo de las olas chocaba contra el casco de la embarcación. Detrás de ellos, la isla privada, que momentos antes se alzaba imponente, iba haciéndose cada vez más pequeña.
Junto al timón, Matteo permanecía de pie al lado de Zayne. Ambos alternaban la mirada entre el horizonte y la pantalla del sistema de navegación hasta que,