El primer aliento que Damián tomó no fue consciente; fue un reflejo animal, áspero, como si su cuerpo hubiera olvidado que necesitaba respirar para seguir vivo. La cueva estaba en silencio, más fría de lo que recordaba, y sus músculos respondieron con un temblor involuntario. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la caída, pero su cuerpo sí: tenía la sensación de haber dormido una eternidad.
Abrió los ojos despacio. La oscuridad del lugar era densa, pero sus sentidos lupinos la atravesaban sin dificultad. Reconoció las rocas, el olor a tierra húmeda, la corriente tenue de viento que entraba por la grieta de la entrada. Reconoció todo menos a sí mismo. Sentía el cuerpo más pesado, más rígido, como si cada hueso hubiera sido forzado a recomponerse pieza por pieza.
Intentó incorporarse, pero una pulsada de dolor lo obligó a apoyarse en la pared. No era solo físico; era algo interno, un latido incómodo en su pecho que no pertenecía a su corazón. Cerró los ojos y la sensación se intens