El primer aliento que Damián tomó no fue consciente; fue un reflejo animal, áspero, como si su cuerpo hubiera olvidado que necesitaba respirar para seguir vivo. La cueva estaba en silencio, más fría de lo que recordaba, y sus músculos respondieron con un temblor involuntario. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la caída, pero su cuerpo sí: tenía la sensación de haber dormido una eternidad.
Abrió los ojos despacio. La oscuridad del lugar era densa, pero sus sentidos lupinos la atravesaban