JORDÁN
La noche se sentía interminable.
La tormenta afuera rugía como algo vivo — los truenos estallaban, el viento desgarraba los árboles como un aullido proveniente del inframundo.
Me quedé al borde del balcón, con el torso desnudo, la lluvia empapándome hasta los huesos, los ojos fijos en el bosque que se extendía más allá de la casa de la manada. El mundo se volvió borroso. Mi corazón ya no sonaba como mío — latía con otro ritmo, más profundo, más oscuro, ajeno.
Debí haber ido con Dafne.