TEO
La explosión atravesó el bosque como una tormenta. Un segundo, los árboles estaban inmóviles; al siguiente, una ola de fuego blanco lo devoró todo. Fui lanzado hacia atrás, golpeando el suelo con fuerza. Mis oídos zumbaban, mi lobo aullando en confusión mientras parpadeaba contra el destello repentino de luz.
Luego… silencio.
Me incorporé con esfuerzo, tosiendo entre la neblina. —¡Alfa! —grité con la voz ronca—. ¡Jordán!
No hubo respuesta.
El claro frente a mí estaba carbonizado, el suelo ag