JORDÁN
—¡Dafne!
Mi voz desgarra el bosque, pero lo único que obtengo a cambio es el eco: hueco, cruel y burlón.
La lluvia me golpea el rostro, mezclándose con la sangre en mis labios. Los árboles a mi alrededor se mecen como sombras vivas, sus ramas retorcidas arañando el cielo nocturno.
Ella estaba aquí.
La vi extender su mano hacia mí antes de que el suelo la tragara por completo.
Y luego… nada. Oscuridad. Silencio.
—¡Atenea! —rugí hacia la tormenta, llamando a su loba, rezando por cua