JORDÁN
La habitación estaba en silencio, excepto por el eco de mi propio corazón.
Cada palabra que el explorador pronunció ardía en mi mente como fuego.
—Alfa… se parecía a la criadora. A Dafne.
Por un momento, no pude respirar. La pluma en mi mano se rompió, derramando tinta negra sobre el mapa de nuestras fronteras. No me moví. No podía. Mi lobo gruñó en mi interior, inquieto, impaciente, desesperado.
—Está viva… —las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
Teo es