Elara
No recordaba haberme quedado dormida. Un momento, estaba acurrucada contra la fría pared de piedra de mis aposentos, con las lágrimas secándome calientes en las mejillas, el pecho dolorido por el miedo, el agotamiento y al siguiente, dormida.
O eso creía.
No había una oscuridad suave que te abriera como cuando descansas; en cambio, solo sentía una extraña energía flotante.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el techo, y no me parecía familiar como el de mis aposentos.
Las paredes