Elara
Me alejo de él sin mirar atrás, y siento como si me desgarrara la piel.
Mis pies me llevan por el pasillo solo por instinto, pero mi mente estaba muy lejos.
Cada paso resuena demasiado fuerte, como si la mansión misma supiera que algo se ha fracturado sin remedio.
Mantengo la barbilla en alto, los hombros rectos, aunque todo dentro de mí tiembla, no corro. Correr significaría debilidad, y he sangrado demasiado como para permitirme eso otra vez.
Enseguida, me abro paso entre las habitaciones y encuentro el camino a la mía.
La puerta de mis aposentos se cierra tras mí con un suave clic, pero el sonido resuena como un trueno en mi pecho. Me apoyo en ella un instante, con la palma de la mano apoyada contra la madera, respirando superficial e irregularmente.
Mi vínculo zumba débilmente presente, vivo pero distante, como si Orión estuviera al otro lado de un abismo cada vez más profundo.
Por primera vez desde que entré en su vida, no me acerco.
Esa decisión duele más que cualquier cad