Elara
La mañana, tras otra noche sin dormir, llega con una calma engañosa.
La luz del sol se filtra por las altas ventanas de mis aposentos, suave y dorada, rozando las paredes como si nada en este mundo estuviera roto.
Me siento en el borde de la cama, completamente vestida, mirándome las manos mientras mi lobo se agita inquieto bajo mi piel.
Algo dentro de mí ha cambiado, y sé, antes de que anochezca, que el silencio ya no será suficiente.
Al entrar en el pasillo, lo percibo al instante. Los guardias se enderezan demasiado rápido, su atención se dirige a mí con una intensidad que me tensa los hombros.
Ya no me siguen a distancia, sino que me flanquean.
La comprensión se instala fría en mi pecho, lenta e inconfundible, como el chasquido de una cerradura.
Me digo a mí misma que es por mi seguridad. Lo repito como quien repite una oración, esperando que la fe siga a las palabras.
Pero la seguridad no debería sentirse así, como si cada paso fuera monitoreado y cada respiración medida. M