Elara
La mañana, tras otra noche sin dormir, llega con una calma engañosa.
La luz del sol se filtra por las altas ventanas de mis aposentos, suave y dorada, rozando las paredes como si nada en este mundo estuviera roto.
Me siento en el borde de la cama, completamente vestida, mirándome las manos mientras mi lobo se agita inquieto bajo mi piel.
Algo dentro de mí ha cambiado, y sé, antes de que anochezca, que el silencio ya no será suficiente.
Al entrar en el pasillo, lo percibo al instante. Los