Lucien
Su voz era suave, como terciopelo. El sonido me acarició la edad, aunque aún había acero debajo.
"Y no te intimida", respondí.
"¿Debería?"
La observé atentamente.
"Sí", dije con sinceridad.
En lugar de retroceder, se rió.
No era una burla.
Era una risa encantada.
Como si hubiera esperado algo más siniestro de mí y le resultara divertido.
Hablamos durante horas esa noche.
No de política.
No de guerra.
Habló de reconstruir aldeas fronterizas destruidas en incursiones ilegales. De organizar