Elara
Al principio, el pensamiento me llega en silencio.
Se desliza en mi mente como un susurro que finjo no oír, como una sombra hacia la que me niego a volverme.
Pero una vez allí, no se va. Permanece en mi pecho, pesado y persistente, ensanchándose con cada respiración que tomo dentro de estos muros del palacio.
¿Y si me voy?
Me siento junto a la ventana mucho antes del amanecer, con las rodillas pegadas al pecho, observando cómo el cielo se desangra lentamente del negro al gris.
El palacio está quieto, envuelto en la ilusión de paz, pero mi corazón se niega a seguirlo.
Cada piedra, cada pasillo, cada puerta vigilada se siente más apretada que ayer.
Este lugar me salvó en cierto modo, pero ahora también me asfixia.
Apoyo la frente contra el frío resplandor y cierro los ojos, pero en lugar de calma, el recuerdo me golpea sin previo aviso.
La plataforma, las cadenas, el rugido de la multitud mientras mi sangre goteaba sobre una piedra a la que no le importaba si vivía o moría.
Mi r