Elara
En cuanto se fueron, apreté las manos contra los fríos barrotes de mi jaula, sintiendo el peso de sus maquinaciones flotando en el aire.
La luz del fuego del pasillo lejano proyectaba sombras parpadeantes, convirtiendo las paredes vacías en espectros de su risa.
Mi pulso latía con fuerza, mitad por el miedo, mitad por la emoción de la oportunidad. Ahora sabía que si quería sobrevivir, no podía esperar a que alguien me salvara. Cada segundo que permanecía en esta jaula, mi oportunidad de contraatacar disminuía.
Cerré los ojos y respiré hondo para tranquilizarme. Me concentré en la sensación de las cadenas alrededor de mis muñecas y tobillos, el fuerte apoyo clavándose en mi piel.
Ya había sentido su mágica supresión antes, un agarre invisible que adormecía a mi lobo y me mantenía dócil.
Pero algo dentro de mí cambió esa noche, una chispa que nunca antes había notado, pequeña pero insistente, susurrando que la cadena no era tan absoluta como parecía. Abrí los ojos lentamente, escu