Elara
En el momento en que los ecos de la presencia de Freya se desvanecieron del pasillo, me permití respirar de nuevo. Mi cuerpo seguía tenso, cada músculo tenso por el recuerdo de lo cerca que había estado de percibir la verdad.
Las cadenas reposaban frías sobre mi piel, pero ahora sabía algo que ellas desconocían. Podrían debilitarse. Y ese conocimiento se asentó en mi pecho como una llama viva, ardiente pero poderosa.
Permanecí despierto mucho después de que la fortaleza se sumiera en un silencio inquietante.
Dormir se sentía peligroso, como un lujo que ya no podía permitirme. Cada crujido de piedra, cada paso lejano, agudizaba mis sentidos. Repasé mentalmente las palabras de Freyra, la promesa de dolor que me había dado tan casualmente, como si mi sufrimiento ya estuviera escrito en el destino.
La noche seguía su curso, densa y pesada. La luz de la luna se filtraba por la estrecha ventana, dibujando líneas pálidas en el suelo de mi jaula.
Observé esas líneas, imaginándolas com