Helena llegó a su hogar después de un largo día de trabajo, con los hombros tensos y la mente un poco perdida. Cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera molestar ni al silencio.
Se quitó los zapatos sin apuro, dejó el bolso sobre la mesa y se quedó unos segundos quieta al escuchar que otra voz acompañaba a la de su madre.
Cuando pasó por la sala, notó que Miriam la acompañaba sentada en el sofá, con una taza de café en la mano y un par de galletas en la mesa.
—Señora Miriam, un gusto