—Hola —Noah la saludó, con un nudo en la garganta.
—Hola, Noah —expresó—. Lamento que me tengas que ver en este estado.
Noah se acercó y tomó asiento en una silla cerca de la camilla. Le agarró la mano a Isabela y la miró a los ojos con dulzura. Le alegraba tanto verla despierta.
—Pensé que te perdería para siempre, ¿sabes? —confesó, con la voz quebrada—. Tuve muchísimo miedo, Isa. Yo no sabía qué hacer…
—Ay, Noah. Yo tampoco imaginé que mi madre reaccionaría de esa forma —su mirada se apag