Los días eran más largos sin Haru. Nicole estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada de hojas arrugadas y lápices de colores.
Dibujaba vestidos, algunos con faldas enormes, otros con mangas imposibles. Eran un poco deformes, con proporciones torcidas y líneas temblorosas, no tenía mucha experiencia. Quería ser como su madre algún día.
La puerta se abrió suavemente y Helena entró con una bandeja.
—Cariño, ¿estás dibujando otra vez? Es hora del descanso —dijo, dejando un par de galletas y una taza de jugo sobre el escritorio.
Nicole levantó la vista, sorprendida.
—Gracias, mami.
Helena se acercó y miró los dibujos con detenimiento. Los trazos estaban un poco… mal hechos, pero se notaba lo que Nicole quería mostrar.
—¿Qué tal, mamá? Necesito que me califique una experta como tú —preguntó, dejando los lápices a un lado—. ¿Seré igual de buena?
Helena rio con dulzura mientras se sentaba junto a Nicole. Le emocionaba ver a su hija tan concentrada y decidida, incluso con