Tras el desahogo de Helena, Nicolás se levantó y la sostuvo con firmeza, como si su presencia bastara para contener todo lo que ella acababa de liberar.
—Tranquila, recuerda no alterarte tanto —le dijo, en voz baja—. Respira un poco.
—Lo sé… —respondió ella, con la respiración acelerada—. No quiero que vuelvas a aparecer en nuestras vidas. No molestes a mi mamá, ni a mí, ni a mis hijos… —zanjó.
Helena se dio la vuelta con decisión, lista para marcharse sin mirar atrás, pero Fabrizio, desesper