Sarai salió de la ópera con el eco de los violines aún vibrando. Carlos, siempre atento, le ofreció la mano con una delicadeza que parecía coreografiada.
Ella aceptó sin pensarlo, bajando los escalones con cuidado. No estaba acostumbrada a usar tacones.
—Eres todo un caballero conmigo, Carlos —comentó, con una sonrisa.
—Y lo seguiré siendo, cariño —aseguró, besando su mano al bajar.
—Por eso es que me gustas tanto. Jamás me habían tratado así… —confesó, nostálgica.
—Llegué a darle sazón a