Ella lo seguía procesando. Gabriel estaba ahí frente a ella, con la mano extendida y esa expresión que pretendía ser amable, pero que a Helena le resultaba casi ofensiva.
Las palabras no salían de su boca. No porque no tuviera qué decir, sino porque no sabía por dónde empezar.
¿Con qué cara venía él ahora, después de tanto daño, a invitarla a bailar como si nada?
Sólo podía sentir molestia por su atrevimiento y la forma en que intentaba colarse en una noche que no le pertenecía.
—¿Helena? ¿