Helena salió del consultorio con la carpeta apretada contra el pecho, como si llevara un tesoro frágil. Nicolás caminaba a su lado, en silencio, pero con una sonrisa que no lograba esconder. Las nuevas imágenes de los bebés estaban ahí, impresas en papel térmico, con esas formas borrosas que solo ellos sabían interpretar.
—Mira esta —dijo Helena, deteniéndose en el pasillo—. ¿No parece que uno está saludando?
Nicolás se inclinó, observando la ecografía con atención. Luego soltó una carcajada.