Helena llegó a la oficina de Nicolás caminando tranquila, con su bolso al hombro y el gesto sereno. Abrió la puerta y entró sin esperar respuesta, como si fuera parte de su rutina.
Él estaba sentado en su escritorio, firmando unos papeles importantes, pero alzó la vista y sonrió al ver a su chica.
—¿Qué te trae por aquí, princesa? —inquirió, con un tono seductor.
—Es una locura —comentó ella, acercándose—. Ya han pasado varios días y la gente sigue haciendo filas interminables para comprar la