Helena empujó la puerta con suavidad, seguida por Nicolás, mientras todo lo ocurrido invadía sus pensamientos.
Sarai estaba en la sala, recostada en el sofá, absorta en la televisión. El volumen estaba bajo, por lo que los escuchó llegar.
—Hola —dijo, sin apartar la vista de la pantalla.
Helena respondió con un gesto leve, dejando las llaves sobre la mesa. Nicolás se quedó de pie, como si no supiera si quedarse o irse a su departamento.
Sarai los miró de reojo al notar la tensión en su hija.
—¿Todo bien?
Helena se quitó los tacones para dejarse caer sobre el sofá junto a su madre. Estaba cansada.
—Tenía que llegar a casa para poder contarles a los dos lo que me pasó… —murmuró, dejando a Nicolás con el ceño fruncido.
Ella no había dicho ni una sola palabra durante el trayecto en el auto. Creyó que estaba molesta.
—¿Qué pasa? —inquirió Sarai, extrañada.
—Hoy pasó algo con Gabriel… —comentó, apretando los labios.
Nicolás abrió los ojos como platos, incrédulo.
¿Gabriel? ¿