Capítulo 3: Sangre y sospechas

Abrí los ojos de golpe y me incorporé en la cama, aunque una punzada aguda me atravesó la espalda y las costillas, obligándome a soltar un gemido. Estaba en una habitación enorme y silenciosa. No me detuve a mirar los detalles; solo noté la madera oscura de los muebles, el ventanal de techo a piso que daba hacia un bosque tupido y la cama enorme sobre la que estaba acostada. Era un lujo que jamás había visto en Colmillo Gris, pero no me generó ningún alivio. Solo pánico.

Traté de bajar las piernas de la cama, pero el cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de plomo. La transformación no me había dejado solo cansada; me dolía cada articulación, como si los huesos hubieran sido fracturados y vueltos a armar a la fuerza. Y era verdad. Mi loba no había salido con naturalidad; había roto un sello que, según me había dicho ella misma en la mente al despertar, la había mantenido dormida y sin esencia durante años.

Salió impulsada por el rechazo de Caspian y la furia contenida. Recordar la forma en que mi piel se había rajado y cómo mi mente humana se había ahogado en esa furia salvaje me provocó náuseas.

Repentinamente, la puerta de la habitación se abrió.

Me pegué de espaldas al respaldo de la cama, sujetando las sábanas contra mi pecho, lista para pelear con lo poco que me quedaba de fuerza.

Soren entró primero. Había cambiado su ropa de combate por una túnica oscura y un pantalón sencillo, pero su presencia seguía siendo igual de aplastante. Detrás de él venían dos hombres más: uno maduro, cargando un maletín de cuero, y otro más joven, alto, de mirada fría y postura rígida.

Los ojos de Soren se fijaron en los míos al instante. La tensión en la habitación se volvió sofocante.

—No te muevas —dijo él, dando un paso hacia la cama—. El médico necesita revisarte.

—Que no se me acerque —respondí con la voz rasposa, apretando los dientes. Miré al hombre del maletín y luego al joven que lo acompañaba—. Que nadie se acerque.

El hombre de mirada fría me observó con una mezcla de desconfianza y evaluación. Era el Beta de la manada, la mano derecha del Rey, aunque yo no sabía su nombre. Se mantenía a una distancia prudente, pero su postura me decía que estaba listo para neutralizarme si intentaba algo.

Soren alzó una mano en dirección al Beta para mantenerlo al margen y miró al médico.

—Haz tu trabajo, Marcus. Rápido.

El médico asintió con cautela. Se aproximó despacio, pidiéndome permiso con las manos levantadas antes de tocarme. Aunque quise apartarme, el agotamiento físico no me dejó pelear. Me tomó la muñeca para tomar el pulso, me examinó los ojos y revisó las marcas de garras y los moretones que cubrían mis brazos y cuello.

A medida que pasaban los segundos, la expresión del médico cambió de la preocupación al asombro absoluto. Miró a Soren y luego al Beta, negando levemente con la cabeza.

—Es imposible... —murmuró Marcus, apartando las manos.

—¿Qué pasa? —preguntó el Beta con voz dura, dando un paso al frente—. Habla claro, Marcus.

—Señor... la energía que recorre su cuerpo no es la de una loba común. Sus heridas están sanando a una velocidad anormal, y la densidad de su esencia no deja lugar a dudas —el médico miró a Soren directamente a los ojos—. Esta joven no es una loba ordinaria. Es una Lycan de sangre pura. Su linaje es tan antiguo y fuerte como el de la casa real.

El silencio que siguió a esas palabras fue pesado.

El Beta entrecerró los ojos, clavando su mirada en mí con un desconcierto evidente.

—Eso no tiene ningún sentido —intervino el Beta, cruzándose de brazos—. Los rastreadores de la frontera confirmaron de qué manada venía antes de colapsar. Estaba en el territorio de Colmillo Gris. Según sus registros, era una paria, una huérfana inútil que ni siquiera había podido despertar a su espíritu animal. ¿Cómo una chica supuestamente sin lobo termina siendo una Lycan de sangre pura?

—Los análisis no mienten, Darius —respondió el médico con firmeza—. No sé qué le hicieron o cómo mantuvieron reprimido su poder, pero su sangre es incontestable.

Darius. Ese era el nombre del Beta. Se me quedó mirando con sospecha, como si estuviera tratando de resolver un rompecabezas cuyas piezas no encajaban.

—Es suficiente, Marcus —ordenó Soren, interrumpiendo la discusión—. Déjanos a solas.

El médico recogió sus cosas rápidamente y salió de la habitación. Darius dudó por un segundo, mirando a Soren como si quisiera protestar o exigir más respuestas, pero ante la mirada dominante de su Alfa, solo me dio una última revisión con la vista y salió cerrando la puerta tras de sí.

Nos quedamos solos.

Soren se acercó a la orilla de la cama. La forma en que me miraba había cambiado; ya no solo había protección en sus ojos, sino una curiosidad intensa y una posesividad difícil de ignorar. Se sentó en el borde del colchón y, aunque instintivamente me eché hacia atrás, él no intentó tocarme.

—Darius tiene razón en algo —dijo con esa voz grave que parecía retumbar en las paredes—. La gente de Colmillo Gris te daba por muerta en vida. Decían que no tenías lobo, que eras una carga inútil. Y sin embargo, anoche destruiste parte del bosque fronterizo con una fuerza que solo poseemos los de nuestra especie.

Me quedé callada, apretando las sábanas entre mis dedos. No le debía explicaciones a él ni a nadie.

—¿Cómo es posible, Freya? —preguntó, usando mi nombre por primera vez. Su tono no era acusatorio, pero sí firme, exigiendo la verdad—. ¿Cómo terminaste en una manada de mediocres si llevas la sangre de un verdadero Lycan? ¿Y qué te hicieron para que tu loba despertara de una forma tan violenta?

Tragué saliva, sintiendo que la garganta me ardía. Recordar las caras de Caspian, de la manada burlándose de mí y el dolor de los huesos partiéndose dentro de mi cuerpo hizo que una rabia helada me recorriera la piel.

Alcé la cabeza y sostuve la mirada de Soren sin bajar los ojos.

—Ellos no me hicieron despertar —dije con rabia contenida—El Alfa de esa manada, mi supuesto mate, me rechazó por no tener lobo y por no ser lo suficientemente buena para él Ese rechazo, sumado a la humillación y las burlas que soporté durante años, hizo que el sello que mi loba tenía guardado se rompiera con fuerza. Ni siquiera yo misma entiendo lo que soy en este momento.

Soren me sostuvo la mirada en absoluto silencio. La tensión entre los dos se volvió casi palpable. Lentamente, estiró una mano y, esta vez sin darme tiempo a retroceder, sus dedos acariciaron la línea de mi mandíbula con una firmeza magnética que me cortó la respiración.

—No importa qué o quién seas, Freya —murmuró con una frialdad peligrosa que me erizó la piel—. Ahora estás en mi territorio. Y si ese Alfa vuelve a poner un pie cerca de ti, no solo le haré pagar por lo que te hizo... voy a extinguir a su manada entera de la faz de la tierra.

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