Capítulo 5: Ecos de la misma sangre

Me quedé helada en medio de la habitación, con la mirada fija en el ventanal. La figura encapuchada metió la mano entre las telas de su chaqueta y dejó un pequeño objeto de metal sobre el marco de la ventana antes de saltar hacia la oscuridad del bosque, desapareciendo entre la nieve sin hacer un solo ruido.

Caminé despacio hacia el balcón, con el corazón latiendome con fuerza contra el pecho. Abrí el ventanal apenas unos centímetros, sintiendo la ráfaga de aire helado en la cara, y tomé el objeto. Era un medallón de plata vieja, gastado por los bordes. Al limpiarle la escarcha con el pulgar, se me cortó la respiración. Tenía grabado el mismo símbolo que llevaba en la piel desde que era una niña: el emblema de los antiguos guerreros que servían al Beta de la manada real.

El corazón se me aceleró. Mi padre no era un desconocido cualquiera. Quienquiera que me hubiera puesto ese sello no lo hizo por odio, sino para ocultarme.

Guardé el medallón apretándolo en el puño. No me iba a quedar ahí encerrada esperando a que Darius o Soren volvieran a decidir mi vida. Si la frontera estaba en tensión por mi culpa, necesitaba saber la verdad con mis propios ojos.

Miré la cerradura de la puerta. Estaba echada por fuera, pero el cerrojo de una mansión moderna no era nada comparado con los cierres que aprendí a manipular durante años en Colmillo Gris. Utilicé la punta delgada del medallón para forzar el mecanismo de la cerradura, haciendo presión con cuidado hasta que escuché un chasquido seco.

La puerta cedió un par de centímetros.

Me asomé al pasillo con cautela. Estaba en penumbras, iluminado solo por la luz tenue de las lámparas fijas en el techo. No había guardias a la vista; la mayoría parecía haber bajado hacia la entrada principal o la frontera ante la amenaza de Caspian.

Avancé en silencio, pegada a la pared de madera, tratando de orientarme en la inmensidad de la propiedad. Mis piernas todavía respondían con torpeza por el cansancio de la transformación, pero la rabia y la adrenalina me mantenían en pie.

Al doblar en la esquina de un corredor ancho, me topé de frente con alguien.

El impacto me hizo dar tres pasos hacia atrás y estuve a punto de perder el equilibrio. Alcé la cabeza rápidamente, lista para pelear, pero la persona que estaba frente a mí no era un guardia común.

Tenía el cabello oscuro y unos rasgos similares a los de Darius. Venía con ropa de entrenamiento y la cara seria. Nos quedamos midiéndonos con la mirada en medio del pasillo.

Dio un paso rápido hacia mí y se llevó la mano al cinturón. Me midió de arriba a abajo.

—Tú eres la chica de la frontera. La que mi hermano encerró arriba.

Di un paso atrás y me guardé el medallón en el bolsillo.

—Así que Darius es tu hermano —respondí—. Apártate. No busco problemas con nadie.

Él me miró a los ojos, pero en lugar de endurecer la cara o llamar a los guardias por radio, su expresión cambió por completo. La rigidez de sus hombros bajó un poco. Se me quedó viendo con una mezcla de confusión y desconcierto, como si algo en mi presencia le estuviera desarmando los pensamientos.

Bastian me miró a los ojos. En lugar de endurecer la cara o llamar a los guardias por radio como lo habría hecho Darius, su expresión cambió por completo. La rigidez de sus hombros bajó un poco. Se me quedó viendo con una mezcla de confusión y desconcierto, como si algo en mi cara o en mi presencia le estuviera descolocando los pensamientos.

No era la mirada que recibía de los hombres. No había atracción ni deseo en sus ojos; era otra cosa. Parecía más bien la reacción de alguien que intenta proteger lo suyo, aunque no tuviera sentido.

Soltó el cinturón y dio un paso despacio hacia mí.

—Estás sangrando —dijo fijándose en mis manos—. Y se supone que estabas encerrada arriba. ¿Cómo saliste?

—Eso no te importa —respondí con la voz dura, aunque el temblor de mis manos me delatara—. No voy a dejar que me encierren como si fuera una amenaza.

Bastian entrecerró los ojos. Se pasó una mano por la nuca, notoriamente frustrado consigo mismo. Podía ver el conflicto en su cara: su deber como guardia de la manada le exigía reducirme y llevarme de vuelta a la habitación, pero sus pies no se movían.

—Mi hermano Darius te encerró por una razón —dijo Bastian, aunque su tono ya no sonaba acusatorio, sino casi dudoso—. Caspian vino a reclamarte a la frontera. Dice que eres una traidora.

—Caspian es un mentiroso —espeté con rabia—. Me rechazó frente a toda su manada, me humilló y me dejó ir. Ahora viene a buscarme solo porque se enteró en lo que me convertí.

Bastian se quedó en silencio escuchándome. Se le apretó la mandíbula y dio un paso más hacia mí, pero esta vez no para cortar mi paso, sino para interponerse entre las escaleras y yo, como si su propio cuerpo reaccionara solo para evitar que alguien más me viera allí.

—No sé qué demonios tienes —murmuró Bastian entre dientes, mirándome fijamente con molestia pura hacia su propia confusión—. Pero no deberías estar caminando por estos pasillos. Si Darius te ve fuera de la habitación, no va a dudar en meterte a los calabozos de la planta baja hasta que Soren regrese.

—Que lo intente —desafié.

Bastian soltó un bufido, negando con la cabeza.

—Eres muy terca —dijo en voz baja—. Ven por aquí. Si los guardias que vigilan las cámaras de seguridad te ven en el vestíbulo, van a dar el aviso.

Lo miré con absoluta desconfianza. ¿Por qué el hermano menor del Beta, un desconocido total, estaba dándome una opción en lugar de reducirme?

—¿Por qué me estás ayudando? —pregunté sin moverme del sitio.

Bastian se detuvo y me miró sobre el hombro. Tenía el ceño profundamente fruncido, claramente tan descolocado por su propio comportamiento como lo estaba yo.

—No tengo la menor idea —contestó con voz seca—. Pero si vas a armar un problema, prefiero que no sea en medio del pasillo central.

Antes de que pudiera responderle, un portazo retumbó en la planta baja de la mansión. Pasos pesados y apurados resonaron en el piso de mármol del recibidor, acompañados por el eco de voces alteradas y la radio de los guardias transmitiendo señal de alerta.

Soren había vuelto de la frontera. Y por el tono de su voz resonando en la casa, las cosas con Caspian no habían terminado en una simple conversación diplomática.

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