Capítulo 4: La frontera en llamas

El toque de sus dedos en mi mandíbula mandó una descarga eléctrica directo a mi columna. El aire se me atoró en la garganta y, por un segundo, mi loba dentro de mí dio un vuelco de satisfacción que me dio rabia admitir. Pero mi mente humana, la que llevaba años recibiendo desprecios, reaccionó por instinto.

Le aparté la mano de un golpe.

—No me toques —dije con la voz firme, aunque por dentro estuviera temblando—. No necesito que mates a nadie por mí, ni que me protejas. No te conozco.

Soren no pareció molestarse por mi rechazo. Bajó la mano despacio, sin dejar de mirarme. Tenía una calma helada en los ojos que me puso los pelos de punta.

—No me importa si me conoces o no —dijo al ponerse de pie— El vínculo ya está hecho. Tu loba lo sabe y la mía también.

—Tu vínculo no significa nada para mí —espeté, acomodándome la sábana sobre los hombros mientras trataba de ponerme de pie.

En cuanto mis pies tocaron el suelo de madera fría, el piso pareció moverse. Las piernas me temblaron y estuve a punto de irme de cabeza contra el suelo. Soren se movió rápido, atrapándome por los codos antes de que cayera. Su agarre era firme pero cuidadoso. El olor a pino y tierra que emanaba de su piel me envolvió por completo, haciendo que mi cabeza diera vueltas.

—Aún no puedes mantenerte en pie —dijo cerca de mi rostro—. Tu cuerpo gastó una cantidad absurda de energía rompiendo ese sello. Necesitas comer y descansar.

—Puedo cuidarme sola —dije intentando soltarme, pero las fuerzas no me daban.

La puerta se abrió de golpe antes de que él hablara, era Darius otra vez, su rostro estaba tenso y traía el ceño fruncido.

—Soren, tenemos problemas en el límite sur —dijo el Beta, ignorándome por completo y dirigiéndose directamente a su Alfa—. Una patrulla de Colmillo Gris está en la línea fronteriza. Caspian está al frente. Exige hablar contigo inmediatamente.

El ambiente en la habitación cambió en un segundo. La temperatura pareció bajar diez grados. Sentí cómo los músculos de Soren se ponían duros como la piedra debajo de mis manos.

—¿Qué quiere ese imbécil? —preguntó Soren sin soltarme.

—Dice que tenemos a una fugitiva de su manada —contestó Darius, lanzándome una mirada llena de sospecha—. Asegura que Freya cometió traición contra su manada antes de huir y que, según las leyes de los Alfas, tienes la obligación de entregársela.

Escuchar el nombre de Caspian hizo que la sangre me hirviera. La imagen de él en el Gran Salón, mirándome desde arriba mientras me rechazaba frente a todos, volvió a mi mente con la fuerza de un golpe. La humillación, la rabia y el asco se mezclaron en mi estómago.

—Él me rechazó —dije con la voz cortada por la furia, mirando a Darius—. Rompió el lazo frente a toda su manada. Yo no soy ninguna fugitiva. No le debo nada a Colmillo Gris.

—Eso no es lo que él está diciendo abajo —replicó Darius con frialdad—. Dice que robaste algo antes de cruzar la frontera y que no se irán hasta tenerte de vuelta. Soren, la manada está alterada. No podemos arriesgar una tensión política con las manadas del sur por una desconocida.

—Cuidado con cómo te refieres a ella, Darius —advirtió Soren. La voz le salió tan grave que hizo retumbar los cristales del ventanal—. Ella no es una desconocida. Es mi mate.

Darius apretó la mandíbula, pero no dio un paso atrás.

—Aunque lo sea, no sabemos quién es realmente. El médico dijo que es una Lycan de sangre pura, pero apareció de la nada en nuestro territorio, criada por nuestros enemigos. ¿Cómo sabemos que no es una carnada? ¿Cómo sabemos que esto no es una trampa estructurada para desestabilizar la frontera?

Las palabras de Darius me cayeron como un vaso de agua fría. Me solté de Soren con las pocas fuerzas que tenía y me apoyé contra el poste de la cama para no caerme.

—No soy la carnada de nadie —dije mirándolo a los ojos—. Ni de Caspian, ni de tu manada. Si no me quieren aquí, me voy. No le debo explicaciones a ninguno de los dos.

—No vas a irte a ninguna parte —sentenció Soren, girándose hacia mí. Su mirada ya no era suave; era la mirada implacable del Rey Lycan—. Nadie toca lo que es mío, y mucho menos ese mediocre que creyó que podía descartarte.

Soren caminó hacia la puerta, pero se detuvo justo a un lado de Darius.

—Prepárense las guardias de élite —ordenó Soren a su Beta—. Vamos a la frontera.

—¿Vas a entregársela? —preguntó Darius, probando los límites de su Alfa.

—Voy a dejarle claro a Caspian qué pasa cuando se cruza la línea de las Sombras —contestó Soren sin dudar—. Y tú te quedas aquí custodiando la mansión. Nadie entra y nadie sale.

Soren me dio una última mirada antes de salir, una mirada que prometía violencia. La puerta se cerró tras de él, dejándome a solas con Darius. El silencio entre los dos se volvió denso, pesado.

El Beta me observó durante unos segundos en completo silencio. No había odio en sus ojos, pero sí una desconfianza absoluta, la mirada de un soldado que solo veía en mí un peligro para su rey y su manada.

—No sé qué juego estés jugando, Freya —dijo Darius dando un paso hacia mí—, pero si le traes problemas a Soren o a esta manada, me voy a encargar personalmente de que te arrepientas de haber cruzado esa frontera.

—No estoy jugando a nada —respondí apretando los puños—. Y no le tengo miedo a tus amenazas.

Darius no contestó. Se dio la vuelta y salió de la habitación, echando la llave por fuera. Escuché el chasquido del cerrojo metálico resonando en el pasillo.

Estaba encerrada.

Caminé a pasos lentos hacia el enorme ventanal. A lo lejos, por encima de las copas de los árboles oscuros, se veía el humo de las antorchas en la línea fronteriza. La tensión en el aire se podía sentir hasta aquí. Caspian estaba del otro lado, reclamando mi cabeza, seguro de que seguía siendo la misma chica indefensa a la que podía pisotear.

Apoyé las manos contra el cristal frío. Dentro de mi pecho, el calor de mi loba volvió a agitarse. Ya no estaba dormida. El gruñido de la bestia resonó en mi cabeza, salvaje y sediento de sangre.

«Déjame salir», me pidió la loba. «Déjame destrozarle la garganta».

Apreté las uñas contra el cristal helado. No me iba a quedar encerrada esperando a que Soren o su manada decidieran qué hacer conmigo. Si tenía que salir por la fuerza, lo iba a hacer.

Un golpe seco en el balcón me hizo asustar.

Una sombra alta se recortó contra la nieve del ventanal. No era Soren, ni Darius, ni ninguno de los guardias. Era una figura embozada en una capa oscura que levantó la mano y tocó el cristal tres veces, marcando un símbolo antiguo que me hizo dar un paso atrás.

Era el mismo símbolo que llevaba grabado en la piel desde que tenía memoria.

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