César golpeó la puerta de la habitación y entró.
Alexander, que estaba de pie frente a la ventana, en una llamada telefónica, se giró mirando al recién llegado.
–Señor. El señor Santana está aquí–
–Déjalo pasar–
César abrió la puerta y dio paso al hombre que entró.
–Dominic– los dos hombres se acercaron y se dieron la mano, seguido de un abrazo.
–Gracias por venir–
–Sabes que siempre estoy a tu disposición– Dominic miró hacia la cama donde Gregorio seguía inconsciente.
–Gregorio Romano D’Angelo