–¿Dónde está Alexander?!– susurró Ilda a su marido, allí de pie en el altar de la iglesia, mientras intentaba mantener la postura y la sonrisa frente a todas aquellas miradas que ya comenzaban a cuestionar; ya había pasado más de una hora de la hora marcada, y el novio que se suponía debía ser el primero en llegar, aún no había aparecido.
–¡Ya dije que no lo sé! Todos mis hombres lo están buscando y nadie sabe nada de él–
–¡Ay cielos! Espero que no haya hecho esto para darnos una “lección” por