—¿Qué le pasa a la señora?— preguntó la esposa del capataz, susurrándole a su marido allí en la cocina, mientras observaban a su patrona preparar la cena con diligencia y con una amplia sonrisa que no abandonaba sus labios.
—Nunca la había visto tan feliz. ¿Qué ocurrió?
—No lo sé. Fue a hablar con los vecinos y luego vino el patrón de ellos. Conversaron y quedaron en cenar para arreglar el asunto de las propiedades, y ella se quedó así…
—¿Crees que está interesada en él?
—La verdad es que los dos parecían conocerse; se llamaron por sus nombres sin siquiera haberse presentado.
—¿Crees que es un pretendiente suyo de la ciudad?— preguntó la mujer, animada, ya que siempre le preguntaba a la señora cuándo se casaría y ella solo decía que ya había estado casada y que ahora quería ser soltera. Le parecía un desperdicio que una mujer tan joven y hermosa permaneciera sola.
—Mmm… Algo me dice que es mucho más que un pretendiente. Él no tiene un aire muy amistoso, como sus hombres. Pero la forma