El viento de las carreteras londinenses soplaba con brusquedad, levantando algunos mechones del cabello despeinado de Penelope.
Avanzó tambaleándose hasta el borde de la calzada y se dejó caer sobre la acera dura y polvorienta. Acercó las rodillas a su pecho y las abrazó con fuerza, como si aquella fina tela que llevaba puesta pudiera protegerla de la extrañeza de aquella ciudad.
—Volverá... estoy segura de que volverá —susurró, mientras sus dientes castañeteaban y hacían temblar su voz.
Mantuv