Kael estaba fuera de sí. Todo se hacía pedazos a su alrededor y veía, cada vez con más claridad, cómo la confianza de sus soldados se desmoronaba. Ya no le quedaba mucho: ya no era el alfa que había sido alguna vez y observaba, impotente, cómo la manada que su padre le había dejado se derrumbaba entre sus dedos, junto con todo el poder que creía haber conquistado. Estaba mancillando el nombre de quienes vinieron antes que él. Lo sabía. Lo sentía.
Culpaba a todos, menos a sí mismo. Culpaba a Lyr