Tommy todavía tenía el sabor amargo de la humillación pegado a la garganta. El cuello le palpitaba donde Kael lo había mordido, y cada paso se sentía pesado, como si cargara el peso de toda la manada sobre la espalda. Mantuvo el gesto serio, esquivando las miradas curiosas de los pocos soldados que cruzaban los pasillos.
Había pasado horas con Kael en el despacho. El alfa actuó como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiese estado a punto de matarlo, y juntos planearon la invasión a Luna San