La respiración de Alan era una tormenta contra mi cuello.
Me levantó en brazos sin dejar de besarme y caminó hacia la inmensa cama con dosel, dejándome caer sobre los pétalos de rosas rojas. Se deshizo del resto de su ropa con una urgencia brutal. El contraste de su piel bronceada y tatuada contra la blancura de las sábanas era una visión que nunca me cansaría de admirar.
Se cernió sobre mí, apoyando el peso en sus antebrazos. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos para el resto del mundo, ardía