Cuando mi respiración finalmente comenzó a estabilizarse, el silencio del penthouse nos envolvió de nuevo. Estaba recostada contra su pecho, sintiendo el latido fuerte y acelerado de su corazón bajo mi mejilla. Mi piel estaba cubierta por una fina capa de sudor y mis músculos se sentían derretidos, exquisitamente agotados.
Alan hundió el rostro en mi cuello, aspirando mi aroma con los ojos cerrados. Sus brazos me rodeaban con una firmeza que me hacía sentir más segura de lo que había estado en